El proceso de duelo cuando el fallecido es el maltratador

¿cómo afecta a un superviviente de maltrato la muerte de su maltratador?

El duelo por la pérdida de un ser querido es siempre un camino personal y cuyo recorrido puede variar mucho de una situación a otra. Sin embargo, la investigación y la propia intuición nos dicen que podemos encontrarnos diferentes tipos de duelo en base a sus circunstancias.

Por ejemplo, entendemos que el duelo por la pérdida de un hijo suele tener características diferentes del proceso que la misma persona experimentaría por la pérdida de un abuelo. Por lo tanto, desde la psicología estudiamos los procesos característicos y las complicaciones que suelen aparecer en diferentes tipos de duelo: perinatales, por suicidio, pérdida de los padres, de la pareja, etc.

Pero ¿cómo afecta a un superviviente de maltrato la muerte de su maltratador? Teniendo en cuenta, además, que el maltratador suele ser un familiar. Este es un aspecto mucho menos estudiado desde el punto de vista psicológico (Monahan, 2003) y que, sin embargo, requiere una especial atención.


El tabú de las pérdidas liberadoras

Si ya de por sí vivimos en una sociedad tanatofóbica, en la que los asuntos relativos a la muerte y al duelo son en buena medida “olvidados”, silenciados, ignorados, rechazados u ocultados, más difícil será aún la validación social y la aceptación de las emociones que puede experimentar una víctima de maltrato ante la muerte de su maltratador. Además, teniendo en cuenta que el propio maltrato es habitualmente una situación también silenciada, negada y ocultada.

Cuando el maltratador es un familiar, como ocurre en el 10% de menores que se estima que son víctimas de maltrato físico en España (Pereda, 2018), la norma social parece exigir que la víctima, que se convierte a la vez en doliente, experimente una tristeza y un gran dolor por la pérdida de su familiar. Sin embargo, lo lógico en estas situaciones, y que no debe considerarse como una respuesta patológica, es sentir, entre otras cosas, alivio e incluso alegría.

La pérdida del maltratador, a diferencia de lo que pueda significar para otras personas, para el superviviente del maltrato supone de forma efectiva la liberación de una relación tóxica, abusiva y desdichada.

(Elison & McGonigle, 2003)

Como resultado de la aparente inadecuación social de esta sensación de alivio asociada a la muerte del familiar, la víctima sentirá culpa, una culpa social que impedirá que pueda expresar sus emociones, ya que asume que muy posiblemente los otros no estén preparados para aceptar el alivio como una respuesta aceptable en un proceso de duelo. Es más, puede terminar reprimiendo o negando la emoción, pensando que es mala persona por alegrarse de la pérdida.


Complicaciones en el proceso de duelo en víctimas de maltrato

Conociendo la estadística sobre la gran incidencia del abuso sexual infantil y el maltrato físico en las familias, será relativamente frecuente que un proceso de duelo se pueda complicar porque coincide que el fallecido ha sido el maltratador del superviviente.

Por lo tanto, a la propia dificultad mencionada anteriormente para gestionar la culpa se suman las propias secuelas que el maltrato ha dejado en la víctima. Las experiencias traumáticas vividas como resultado del propio maltrato posiblemente sitúen a la víctima en una posición más comprometida para lidiar con un duelo que erróneamente llamamos atípico (insisto en que lo normal es sentir alivio por la pérdida de una relación de maltrato, incluso alegrarse porque el propio maltratador también ha dejado de sufrir).

Si nos fijamos en los principales factores de riesgo del duelo complicado (Rando, 1993):

  • Mala relación (ambivalente o de dependencia) con el fallecido.
  • Otros duelos o problemas de salud mental.
  • Falta de apoyo social percibido.

Resulta que en el caso de que el fallecido sea el maltratador confluyen muchos factores de riesgo, ya que obviamente la relación era, como poco, ambivalente, el propio maltrato provoca trauma psicológico y, además, como veíamos antes, la normal social no permite contar con el apoyo necesario.

Otros factores de riesgo, como la baja autoestima o la falta de apoyo del entorno familiar, suelen ser también contingentes con el hecho de ser víctima de maltrato, donde al menos ha existido una negligencia de los cuidadores y/o una clara desestructuración del sistema familiar.

La víctima de maltrato contará con mecanismos de defensa ya desarrollados y establecidos en su funcionamiento mental, como la represión, la negación o la disociación (Monahan, 2003).

Especialmente, los mecanismos de disociación emocional, que pueden estar muy instalados, contribuirán a que la víctima tenga muchas más dificultades para procesar la pérdida y no conecte con sus emociones, sintiendo un ánimo plano.


Emociones en conflicto

El maltrato en el contexto familiar implica la existencia de múltiples dilemas en la víctima, como el que genera el conflicto relativo a que una misma persona sea cuidador y maltratador al mismo tiempo.

Sabemos, además, que en las familias donde ocurre abuso sexual se producen dinámicas que giran en torno al aislamiento, la vergüenza y el secretismo, dando lugar a problemas emocionales, sociales y de comportamiento en las víctimas (Roberts y cols., 2004).

Todos estos problemas, lejos de desaparecer con la muerte del maltratador, se exacerban cuando la víctima y otros miembros de la familia tratan de desarrollar una nueva identidad dentro de un sistema familiar que no goza de dinámicas saludables.

Incluso podría suceder que la víctima se quede bloqueada en un dilema ambivalente: psicológicamente no se pudo enfrentar al maltratador cuando éste vivía, y ahora que ha muerto no tiene forma física de hacerlo.

(Monahan, 2003)

De alguna forma es como si el maltrato no cesara pese a la muerte del maltratador (desde la tumba nos sigue haciendo daño, dice una víctima que se revela ante miembros de la familia que actúan como si el maltratador fallecido fuera un “santo”).

Desde el punto de vista del apego, cuando el maltratador es un cuidador, lo más probable es que la víctima desarrolle un estilo de apego desorganizado (Baer y Martínez, 2006), lo cual también le pone las cosas más difíciles a la hora de identificar sus propias emociones y establecer vínculos íntimos saludables que sirvan de apoyo en el proceso de duelo.


Trabajar el proceso de duelo

Si ya de por sí ningún duelo es fácil, en estos casos, por todo lo visto anteriormente, sabemos que “digerir” de la mejor forma posible la muerte de un maltratador puede convertirse en un auténtico reto.

El acompañamiento de un psicólogo especialista en duelo puede suponer una gran diferencia y hacer que el ajuste a la nueva situación sea mucho más rápido y saludable.

El terapeuta acompañará al cliente en su proceso de aprendizaje para el manejo de las intensas emociones ambivalentes que surgirán en el camino. Por supuesto, la forma de hacer esto dependerá de las circunstancias personales y el estado psicológico de cada persona.

También habrá que tener en cuenta que las intensas emociones de desesperanza, miedo, vulnerabilidad e ira del doliente pueden asustar, agotar e incluso alejar a la familia extendida y otros apoyos sociales (Monahan, 2003).

Algunos de los objetivos terapéuticos asociados al proceso de duelo serán habitualmente:

  • Reducir el posible aislamiento social del superviviente.
  • Disminuir la confusión y conectar con las propias emociones (trabajar la posible disociación y alexitimia).
  • Construir un sistema de soporte (“bastones” de apoyo).

Sin embargo, para poder perseguir con garantías dichos objetivos, que están directamente relacionados con el duelo, será preciso asegurar primero que se superan las consecuencias del propio maltrato:

  • Comprensión del maltrato y procesamiento del trauma.
  • Desempoderamiento del maltratador.
  • Liberación de la autoculpa.

Además de la intervención psicológica individual, el terapeuta podrá evaluar la conveniencia de que el doliente acuda a un grupo de apoyo de duelo o de víctimas de maltrato. En general, la dificultad estará en combinar de forma adecuada los apoyos que la persona necesita tanto para superar el maltrato como para procesar el duelo.


Referencias

Baer, J. C., & Martinez, C. D. (2006). Child maltreatment and insecure attachment: A meta‐analysis. Journal of reproductive and infant psychology, 24(3), 187-197.

Elison, J., & McGonigle, C. (2003). Liberating losses: When death brings relief. Da Capo Press.

Lin, Y. Y., Servaty-Seib, H. L., & Peterson, J. (2019). Child Sexual Abuse Survivors’ Grief Experiences After the Death of the Abuser. OMEGA-Journal of Death and Dying, 0030222819868107.

Monahan, K. (2003). Death of an abuser: Does the memory linger on? Death studies, 27(7), 641-651.

Pereda, M. (2018). Más me duele a mí. La violencia que se ejerce en casa. Save The Children España. Disponible en: https://www.savethechildren.es/sites/default/files/imce/docs/mas_me_duele_a_mi.pdf [Accedido: 10/07/2020].

Rando, T. A. (1993). Treatment of complicated mourning. Champaign, IL: Research Press.

Roberts, R., O’Connor, T., Dunn, J., Golding, J., & ALSPAC Study Team. (2004). The effects of child sexual abuse in later family life; mental health, parenting and adjustment of offspring. Child abuse & neglect, 28(5), 525-545. f.

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